LUIS ÁNGEL PARÍS

Leni Riefenstahl vivió 101 años. En su último cumpleaños pidió un deseo: que las tribus nuba de Sudán Central sobrevivieran. Un nuevo libro de conversaciones con la mítica directora de cine pone sobre la mesa algunos de los deseos e intereses más íntimos de la que fue la cineasta de cabecera del régimen nazi.

Si por algo se recuerda a Riefenstahl es por ser la “amiga de Hitler”, tal y como rezaba la portada del Time que la llevó a la fama. Hitler hizo migas muy pronto con la fotógrafa, tuvieron puntos en común que surgieron a la luz en sus primeros encuentros. El führer no dudó en elegirla para que realizara varias películas dedicadas al partido. Así surgieron dos películas: La victoria de la fe y El triunfo de la voluntad. Ambas eran absolutos ejercicios de propaganda de Hitler. Pero lo que trascendería de ellos, en cuanto a valor artístico se refiere, era la capacidad de Riefenstahl para crear ambientes y las sugerencias creativas que le permitía la técnica.

La directora filmaba con atrevimiento, haciendo notar la contemporaneidad de su estilo, con una puesta en escena siempre lírica y buscando crear sensaciones en todos los planos. Los puntos de vista de cámara apuntalados por el camarógrafo Sepp Allgeier permitían a Riefenstahl contar lo que pretendía de una forma en la que no se había hecho hasta el momento. Si bien es cierto que Hitchcock y Wells andaban con sugerencias cinematográficas parecidas en aquellos momentos, poco sería –y no sería hasta hace relativamente poco tiempo– el reconocimiento técnico y creativo que merecía Riefenstahl.

La editorial Confluencias ha publicado Conversaciones con Leni Riefenstahl. El libro incluye cartas y extractos de la autora que van dando forma al carácter y la personalidad de la que se ha dicho que conectó con Hitler desde el instante en el que se conocieron. Casi parece, al leer el libro, que Hitler y su propósito político supusieron para Riefenstahl un reto artístico al que adherirse, algo por lo que explotar su perfil fotográfico y de cineasta. Sin embargo, no hay que olvidar que nunca dejó de simpatizar con el régimen de manera abierta y pública. Algo que, como hemos visto en otras ocasiones y con otros protagonistas de la historia del nazismo, –como Albert Speer– pudiera tener que ver más con una cuestión de supervivencia artística y moral que de simpatías políticas.

El libro está construido a través de extractos de escritos personales de la directora así como una gruesa entrevista en la que desgrana parte de la propia Riefenstahl nos sitúa en una suerte de making of del rodaje de El triunfo de la voluntad, describiendo un buen puñado de adversidades de carácter técnico y humano y su viaje viaje a Nuremberg. Aquél trabajo arrastró a un equipo de 120 personas con unos medios para cine nunca vistos hasta el momento. El resultado dio con ciento diez mil metros de rodaje y un exhaustivo montaje posterior. En el libro hay muchas fotografías que ilustran el proceso que la directora llevo a cabo para acometer un trabajo de tal envergadura.

Una de las características que sus allegados anotaban de Reni era su descaro, la manera de trabajar en la que destacaba la manera casi instintiva de improvisar, como si todo estuviera bajo un control a punto de perderse en cualquier momento y que, sin embargo, nunca dejaba que el trabajo se bloqueara. Surge la idea del instante preciso en este punto y Riefenstahl contesta: “Simplemente actúo tan rápidamente como puedo. Hay que ser muy rápida para ver el encuadre adecuado. Yo trabajo muy, muy rápido.“.

Pero si en algo destaca la entrevista a la fotógrafa –que, por otra parte, parece pactar no hablar de temas más peliagudo– es su relación con las tribus nuba de Sudán central. Riefenstahl convivió con ellos y planeó un proyecto financiado por el ministerio alemán para estudiarles y fotografiarles. Sus diversos periplos entre sus habitantes la llevaron a estar cerca de la muerte en varias ocasiones, privada de agua y perdida con algunos miembros de las tribus con los que apenas sí podía comunicarse. Además y para colmo, los responsables alemanes de la expedición le censuraba la publicación de fotos de individuos desnudos, algo comprometido si se tiene en cuenta que esta tribu carecía de cualquier necesidad social de pudor.

Aquellas gentes, tal como relata la directora, no se habían visto jamás mezclados con ninguna otra cultura. Riefensthal acabó por construir un sólido vínculo con ellos hasta el punto de volcar la mayor parte de su producción posterior en aquella causa: “Permítame decirle que el tiempo que pasé entre los nuba figura como el más hermoso de mi vida: fue una maravilla. Eran felices con todo y agradables con todo. Y no tenían pena capital ni nada parecido. Los castigos no suponían daño y su mayor crimen era robar una cabra. Un castigo importante suponía que el ofensor tuviera que ir al puesto de policía más cercano y realizar algún trabajo, como limpiar caminos o algo así.“.

Las dificultades técnicas también eran evidentes. No solo por el material que debía estar a buen recaudo y que estaba expuesto cambios ambientales que pudieran dañarlo, sino ellos, los modelos, que no hacían más que moverse y que volvían loca a la fotógrafa cuando trataba de fotografiarlos. Una vez más, tenía que ser veloz, más rápida e improvisar con toda la certeza posible. Así, no solo conseguiría documentos gráficos fabulosos de los nuba, sino de otras tribus cercanas y de gran parte de la África negra desconocida.

Se ha planteado la dualidad de la conciencia de muchos colaboracionistas a raíz de personajes como Riefensthal y han sido tantos los estudios y toneladas de tinta escrita sobre este tema que no seremos nosotros quienes demos más vueltas sobre el mismo. Sin embargo, sí que pondremos de manifiesto la sensación que la misma Riefenstahl constata de “velocidad”, de necesidad de transgredir la normalidad y dar pie a que todo alrededor se contagie de su propia rapidez. Y es posible que en personas relacionadas con el arte, con ansias de poner en pie sus proyectos al lema de “piensa rápido, actúa deprisa”, les haya podido el empuje y la inquietud. La inercia del propio fuste no permite a veces –pues es contraproducente– mirar si realmente lo que hay alrededor tiene un sentido válido en el que depositar cualquier confianza.

Riefenstahl y Hitler conectaron desde el primer momento

Riefenstahl y Hitler conectaron desde el primer momento

Fuente: dslrmagazine.com