Cuando Filip Müller fue deportado a Auschwitz en la primavera de 1942, el exterminio de los judíos europeos acababa de superar lo que Léon Poliakov llamó la fase de los asesinatos caóticos (iniciada con la invasión de la URSS el 22 de junio de 1941) para entrar de lleno en su momento más cruelmente homicida. Si en la anterior etapa los judíos de toda Europa, considerados “rémoras” y excedente poblacional, fueron asesinados mediante fusilamientos, o asfixiados en camiones de gas por las cuatro unidades móviles de Einsatzgruppen que acompañaban a la Wehrmacht en su camino hacia Moscú, ahora se diseñarían campos especiales para su aniquilación en cámaras de gas estancas alimentadas con los gases de combustión emitidos por potentes motores diésel y de gasolina. Concebidos como eficientes centros fabriles, desde esa misma primavera y hasta bien entrado el otoño de 1943, en Belzec, Sobibór y Treblinka (instalados en la Polonia ocupada por Reich) se logró un grado de eficacia industrial nunca antes imaginado.

Pero sería Auschwitz, gracias a la utilización del Zyklon B como gas mortal, y a una estructura mixta en la que se combinaban funciones de concentración, represión, trabajo esclavo y exterminio (un modelo que se repetiría en Majdanek-Lublin), el que alcanzaría el mayor nivel de perfeccionamiento. A éste último es al que llegará Müller, un judío eslovaco de apenas 20 años, sin imaginar que su destino había quedado encadenado a un proceso de aniquilación que llevaba ya un largo camino recorrido.

Como ha explicado en su monumental obra Raul Hilberg, la destrucción de los judíos europeos se desarrolló superando cuatro etapas sucesivas. Una primera, en la que una minuciosa legislación elaborada en Nüremberg en 1935 definió quién, de entre los ciudadanos alemanes, era judío y quién ario. A los primeros se les despojó de su condición de ciudadanos del Reich y sus bienes fueron paulatinamente expropiados. En un tercer momento, a partir del otoño de 1941, fueron recluidos en campos de concentración y encerrados en guetos construidos en las principales ciudades europeas. Finalmente, se decidió su eliminación física y su bienes, en manos ya legalmente del Estado, fueron utilizados para contribuir al esfuerzo bélico y resarcir a los alemanes de las pérdidas sufridas por los bombardeos aliados. Al menos, un 95% de los ciudadanos del Reich se benefició del exterminio, adquiriendo a bajo coste empresas, acciones industriales, comercios, viviendas, muebles, enseres de cocina, electrodomésticos, sábanas, cuadros, instrumentos musicales, cristalerías, cuberterías, ropa, perfumes, juguetes infantiles… “No se podrá entender el Holocausto”, afirma Götz Aly, “mientras no se analice como el más consecuente atraco homicida de la historia moderna”.

El esquema se reprodujo de manera idéntica en todos los países de la Europa ocupada por el Reich a partir de septiembre de 1939. Capturado junto con su padre en su ciudad natal, Sered de Waag, Müller sería uno de los miles de trabajadores “jóvenes y fuertes” que fueron enviados forzosamente a trabajar para los nazis tras el acuerdo del Gobierno nacionalista y católico de Monseñor Tiso con las SS de Heinrich Himmler. Sus bienes, como los del resto de judíos eslovacos, servirían para pagar los gastos de ocupación que el Reich alemán exigía a cada uno de los países sometidos.

Cuando las principales instancias políticas y policiales del Gobierno nacionalsocialista (que coordinaron sus funciones en la conocida como Conferencia de Wannsee, el 20 de enero de 1942) tomaron la decisión de asesinar a 11 millones de judíos de toda Europa, delegaron en los comandantes de los campos de exterminio la mejor forma de ejecutarla. Sometidos a un dilatado proceso de experimentación libraron entre ellos una frenética competencia por presentar a sus superiores los mejores resultados, desarrollando técnicas y procedimientos que hicieron del asesinato en masa un dispositivo estatal e industrial que desempeñó una doble finalidad: económica e ideológica.

Los crematorios

A Müller le tocó participar en la fase final de ese proceso. Durante tres años estuvo destinado en los crematorios (instalaciones que incluían cámaras de gas y hornos de incineración) como miembro de los llamados Sonderkommandogrupos especiales de trabajo forzado creados por los SS y formados en su mayoría por judíos, a los que les tocó realizar las tareas más abyectas en turnos de trabajo de 12 horas. Entre otras, conducir a las víctimas a los vestuarios sin desvelarles su inminente destino; clasificar sus pertenencias en almacenes para poder enviarlas a Alemania, donde serían reutilizadas; sacar los cadáveres de las cámaras de gas, cortar el pelo de las mujeres e incinerar los cuerpos en los hornos de alta presión, o enterrarlos en fosas comunes.

Aislados en barracones propios y denigrados en el campo por el resto de prisioneros, que huían de ellos por su desagradable olor y su incómoda presencia, pues eran considerados auténticos enviados de la muerte, Primo Levi fue de los primeros que llamó la atención sobre el sufrimiento que habían tenido que soportar esos “cuervos del crematorio”. En sus reflexiones sobre los “salvados”, pero a la vez “hundidos”, destacó que sólo ellos habían conocido las entrañas de la maquinaria de destrucción y que el resto de supervivientes, que incluso en sus memorias los insultan por haberse vuelto más insensibles y tener un aspecto más animalizado que algunos SS, deberían revisar sus juicios sobre ellos. Nadie, recordaba el escritor italiano, pudo elegir libremente el papel que se le asignó en el largo proceso de destrucción.

Fue inevitable que siguiendo un animal instinto de supervivencia, los miembros del Sonderkommando sufriesen un bloqueo sensorial y mental que los insensibilizara y les evitase preguntarse a cada momento sobre los motivos de su comportamiento. Una enajenación que les permitió ir ganando tiempo a una muerte que sabían segura, ya que eran periódicas las liquidaciones y la renovación del Sonderkommando, que los SS llevaban a acabo para impedir que nadie que hubiese conocido el “secreto” permaneciese con vida. Y ésta fue la razón por la que todos ellos quedarían excluidos de la categoría de héroes, que sí tuvieron otros supervivientes, y fueron condenados al olvido durante años, acusados de haber sido colaboradores necesarios de los nazis. Ellos, por su parte, tuvieron que cargar el resto de su vida con el peso de una conciencia que los culpabilizaba por haber sobrevivido. “Era evidente”, escribe Müller en un momento de su relato, “que el sentimiento de que como observador pasivo era culpable había arraigado fuertemente en mi subconsciente“. Quizá por eso tardaría casi 35 años en publicar la versión definitiva de su experiencia.

A pesar de que su conocimiento de los detalles del proceso de aniquilación sirvió para redactar en la primavera de 1944 los Protocolos de Auschwitz, escritos por cuatro prisioneros fugados del campo y difundidos por la BBC y la prensa norteamericana sin que eso provocase el bombardeo del campo por la aviación aliada, la importancia de su relato sólo empezó a reconocerse cuando testificó en los juicios de Fráncfort en 1964. Entonces tuvo que volver a enfrentarse a sus fantasmas y poner en orden sus recuerdos.

Pero no fue hasta 15 años después, y ayudado por un escritor, cuando publicó su versión definitiva y Claude Lanzmann se fijó en él para incluirlo en Shoah, junto a otros miembros del Sonderkommando. La sobriedad con la que respondió ante la cámara a las insistentes preguntas del genial director francés, sólo quebrada por el recuerdo emocionado del asesinato de un grupo de judíos checoslovacos que entraron en las cámaras de gas cantando el himno nacional de una país que había dejado de existir y el de otro que aún no había nacido, es uno de los momentos mayores de la película.

El proceso homicida

Porque si por algo es imprescindible el testimonio de Müller (publicado en 1979 y editado ahora por primera vez en español con el título de Tres años en las cámaras de gas, gracias a la editorial Confluencias y al excelente trabajo de traducción de José Miguel Parra) es por haber dejado constancia, como pocos han sido capaces de hacerlo, de que el Holocausto sólo fue posible por el empeño en superar las dificultades técnicas y organizativas para poder llevarlo a cabo: calcular bien la inclinación de los canales de drenaje de la grasa humana en los hornos al aire libre; estudiar cuidadosamente la mejor combinación de cuerpos para que la combustión en los hornos fuese más prolongada y se pudiese ahorrar carbón, lo que se conseguía colocando en una misma plataforma dos cadáveres enfrentados y un tercero en forma de cuña, alternando un hombre bien alimentado con una mujer demacrada, o viceversa, y sobre ellos el cuerpo de un niño; o determinar de manera precisa el tiempo que tardaba en ser reducido a cenizas un convoy de prisioneros, para lo cual fue necesario acortar al máximo los tiempos en cada una de las operaciones.

Müller fue testigo, y su relato ha sido de gran utilidad para los historiadores, de cómo evolucionó el procedimiento homicida, aún en fase de experimentación cuando él llego al campo. En un primer momento, relata, las víctimas eran gaseadas con la ropa, lo cual ralentizaba su posterior incineración, porque había que desnudarlas ya muertas para clasificar todas sus pertenencias. Se decidió entonces que entrasen ya desnudas a la cámara de gas, pero las mujeres se resistían a quitarse la ropa delante de los hombres y la violencia con la que eran tratadas por los SS provocaba altercados y reacciones imprevisibles. Finalmente, los SS descubrieron que a través del engaño y la falsa amabilidad se conseguían superar las reticencias y desconfianzas de las víctimas que, tras haber sido convencidas de que habían llegado a un campo para trabajar, entraban más o menos confiadas a darse una supuesta ducha tras la cual podrían tomar una sopa caliente y dormir en una cama estable, promesas que provocaban el efecto deseado por los SS en unas personas que llevaban varios días viajando hacinadas en vagones de ganado, sin agua ni comida.

Y en este hallazgo cifra Müller uno de los puntos de inflexión a partir del cual el proceso de exterminio pudo alcanzar dimensiones desproporcionadas. Porque los objetivos del programa de aniquilación se ampliaban o se reducían conforme los procedimientos técnicos lo permitían, ya que, al margen de consideraciones éticas y políticas, el Holocausto es también, viene a decirnos Müller, la historia de la búsqueda de la eficacia en las técnicas de la aplicación de la muerte.

Filip Müller

Fuente: elmundo.es