Alfredo Valenzuela.

Sevilla, 8 abr (EFE).- El filósofo, novelista y columnista Gabriel Albiac ha publicado “Mayo del 68. Fin de fiesta” (Confluencias) a poco antes de un mes de que se cumpla el cincuentenario de la revuelta que, ha afirmado en esta entrevista con EFE, significó el entierro de los partidos comunistas.

Albiac (Utiel, Valencia, 1950) es profesor emérito de la Complutense, de la que fue catedrático de Filosofía, una circunstancia que consigna al final de su currículo -al menos, del que figura en la breve solapa de este libro-, tras advertir que nació en 1950, que no abrió los ojos hasta mayo de 1968, que lo que vio no debió gustarle demasiado, que intentó cambiarlo y que “descubrió que los hombres cambian sólo a peor”, momento en el que decidió escribirlo.

PREGUNTA: Alguien definió el 68 parisino como que los hijos de los señoritos, los universitarios, salieron a la calle para apedrear a los hijos de los obreros, los policías. ¿Hay algo de cierto en esa visión?

RESPUESTA: Es una visión muy anacrónica. Desde mediados de los años 60, las universidades europeas -y, en particular las francesas- estaban abiertas a un espectro social muy amplio, en el cual priman, desde luego, las clases medias, pero también sectores populares y obreros. El porcentaje de “señoritos” es irrisorio. Ese tópico lo consagra una fórmula de Pasolini. Pero no se tiene en pie.

P: ¿Se trató, en cualquier caso, de una rebelión de privilegiados?

R: Conviene no olvidar que el 68 registra la huelga obrera de mayor extensión y duración en la historia de Francia: una paralización total del país. Llamar a diez millones de huelguistas “una rebelión de privilegiados” suena un tanto extraño.

P: ¿Demostró el 68 que la ingenuidad es compatible con la arrogancia?

R: Eso lo ha demostrado sobradamente la historia de la humanidad, sin necesidad del 68.

P:¿Qué le ha parecido la posterior carrera política de Daniel Cohn-Bendit?

R: Penosa. Pero el presente no modifica el pasado. Dice san Agustín que ni siquiera Dios puede hacer eso.

P: ¿No se puede hacer nada contra la casta sin terminar formando parte de la casta?

R: Se pueden hacer muchas cosas. No política. La política es una religiosidad laica que genera necesariamente sectas, iglesias, castas.

P: ¿Cuál es su lema favorito del 68 y cuál el que menos le gusta?

R: El mejor: “Cours camarade, le vieux monde est derrière toi!” (“Corre camarada, ¡el viejo mundo está detrás de ti!”). El peor: “Jouissez sans entraves!” (“¡Gozad sin trabas!”). Es un evidente oxímoron.

P: Ramón González Ferriz, en su reciente libro, dice que el 68 francés fue el menos trascendental, comparado con el de México, EE.UU., Japón e incluso España?

R: Los nacionalismos no tienen en esta materia ningún sentido. El 68 fue el fin de la teología política que había imperado desde 1917. En todo el mundo. El entierro de los partidos comunistas occidentales. Y, en ese sentido, el primer acto del drama que se cierra en 1989 con la caída a plomo de la dictadura soviética.

P: Antonio Escohotado señala al 68 como padre de algunas bandas terroristas europeas. ¿Lo comparte?

R: Los terrorismos fueron una regresión al universo teológico-político kominterniano que el 68 había hecho saltar por los aires. Un anacronismo. Horrible, pero condenado a extinguirse de inmediato.

P: ¿Cuál fue el principal logro de la revuelta?

R: Sartre respondía a eso con una sola palabra: “Moi”, yo. La construcción de una subjetividad insumisa, si queremos decirlo de modo más pedante. O la voladura de la substancialidad sierva del yo.

P: ¿Se sustenta la teoría de la conspiración de que el 68 fue alentado por la Inteligencia norteamericana para acabar con De Gaulle?

R: Aplique usted la “navaja de Ockham”: “Entia multiplicanda non sunt praeter necessitatem”. La carga de la prueba cae sobre el que afirma. Y ni un solo dato o argumento respalda esa arbitrariedad.

P: ¿Qué se consiguió?

R: El fin de las finalidades históricas, el fin de la política como religión de suplencia: o sea, lo que el estalinismo llamó comunismo. El fin, en suma, de todas las creencias. Y una ocasión para poner la inteligencia en el puesto de mando.

P: ¿Su libro contiene tanta ficción como realidad?

R: “Mayo del 68. Fin de fiesta” no es una novela. Pero sí lo fueron mis tres anteriores textos narrativos: “Ultimas voluntades”, “Palacios de invierno” y “Blues de invierno”. Que hacían ficción de los datos que la memoria retiene, así funciona siempre la narrativa. En cuanto a este libro de ahora, está a caballo entre la reconstrucción histórica y la meditación analítica sobre el extraño mundo que el 68 nos lega. Y que, en muy buena parte, no hemos comprendido. EFE

Fuente: www.lavanguardia.com