Por ALICIA AZÁN-ULLI ARTE Y ENSAYO, RESEÑAS

La cantidad hechizada. Ensayos completos IV (Confluencias, 2015) de José Lezama Lima consta de tres secciones, dedicadas correlativamente a la poesía, a las artes plásticas y a varios autores, en su mayoría cubanos. La edición, a cargo de Leonor A. Ulloa y Justo C. Ulloa, es excelente, pues en ella encontramos notas informativas no habituales en otros trabajos acerca de Lezama Lima y que probablemente permitirán, incluso al lector que ya conozca la obra del autor, acallar algunas dudas. No por ello quedarán resueltas por completo todas las preguntas que nos surgen cuando se trata de llegar a Lezama Lima, ya que a su escritura le es propio provocar la desorientación. Es de su propiedad que no se halle tan fácilmente una veta por la que, aunque sea oblicuamente, atravesar temática y conceptualmente sus textos y, al final, no sospechar que una parte importante del pensamiento del autor se ha escondido al llegar el nuestro a ciertas páginas (claro está que cada lector señalará unas).

En los pliegues eminentemente barrocos de su exposición poética, las olas de ensayo y narrativa con frecuencia resultan indistinguibles entre sí. Un único autor puede, como es el caso de Lezama Lima, activar todos estos géneros en una misma década, e incluso en un escrito breve antes de alcanzar su conclusión. Entonces, la verdad de los ensayos de La cantidad hechizada procede (entendido como topos, no cronológicamente) de otra, de la verdad poética, y a este trasvase juega después Lezama Lima en sus novelas, en las que deja nacer lo que más le importa, y que puede enunciarse como la responsabilidad literaria de las entrañas de lo familiar. Situados velozmente en este borde, y en función de ello, ya no es muy descabellada la hipótesis de que su escritura está consagrada por completo a la figura de su hermana Eloísa. A su través, los componentes de la casa de los parientes concurren en descatalogadas bocanadas de gramática que consiguen evocar y donar otro nacimiento al origen, a la infancia. A partir de esta densidad presumida, de esta apariencia de lo próximo y hogareño, surge fiero el amor y la preocupación por el tema de la imagen, que es nuclear en La cantidad hechizada. La confluencia de mitología e imagen promueve la reflexión en torno a lo simbólico, entendido también como principio y arranque del arte. De ello hablaron a la par Lezama Lima, en sus escritos sobre Juan Ramón Jiménez, y el anadaluz en sus colaboraciones para las revistas del cubano, como queda recogido en el magnífico volumen que es Querencia americana. Desde el cerco de la imagen y la palabra, no siempre coincidentes, no tarda en configurarse el colindante espacio de lo extraño, inserto en el origen de lo familiar: es la cantidad que excede la imagen sin que en consecuencia la imagen sea un sucedáneo de la realidad. Para Lezama Lima se trata, más bien, de comprender que la imagen es, y que sus vertiginosos avances y atrevimientos exoneran a su ser de la fallida tarea de representar una realidad que, por lo demás, desconoce. De modo que, en última instancia (pero desde el principio), la imagen contribuye de manera determinante a la elaboración de realidad.

El pliegue inserto en la imagen no es una noción unilateralmente lógica sino una operación vital, en literatura lo es al menos desde Mallarmé. La imagen se esfuerza por sostener lo informe. Ofrece la (¿imposible?) salvación por la forma (la duda persiste al fin, y parece que de una vez por todas; este es el logro de Lezama Lima y el regalo que recibe el lector). La forma permite un ligero restablecimiento en la oscuridad inimaginable. El avanzar de Lezama Lima conlleva un casi perderse el lenguaje en lo extraño. La palabra intercede en el seno de esta mina de ónice, negrura mayor ante la que la palabra tiembla de miedo y sonríe a la vez, por pasión de lo desconocido, por confianza en poder ejercer su formación paradójicamente quebrantadora sobre una enormísima cantidad de materia que desde siempre se nos presenta sin ambages y sin dejarse hechizar por completo. Esta es la materia que elige Lezama Lima en los ensayos de La cantidad hechizada, aseverando: «Yo veía a la noche como si algo se hubiera caído sobre la tierra, un descendimiento». En estas palabras destella lo crucial del pensamiento recopilado en las tres secciones de La cantidad hechizada sobre poesía, pintura y novela.

Una vez armados con sus ensayos, es el momento de dejarnos afectar por la repercusión laberíntica y gustosa de Paradiso, novela publicada en La Habana en 1966. En ella Lezama Lima vuelca cuanto ha establecido con anterioridad. Es por ello que, para hablar de esta novela es necesario analizar con el máximo rigor su obra de poeta y ensayista, parte de ésta recogida en La cantidad hechizada, que es de donde se pueden extraer las consideraciones más estables del autor acerca de la imagen. En Paradiso, que también Cortázar lee siguiendo esta directriz, nada se deja fuera, nada de lo esencial que a lo largo de los tres bloques de textos de La cantidad hechizada se va desvelando: la relevancia de «lo intangible» en la visión que Lezama Lima tiene del mundo. Lo intangible (otro modo decir «la noche») de la poesía, del pensamiento, en la pintura. Para el autor, la primera aparición de la poesía es una dimensión de, dice, «sobrenaturaleza», una cantidad secreta no percibida por los sentidos. La poesía es el testimonio visible o la duración entre la progresión de la causalidad metafórica y el continuo de la imagen. Esta superposición de lo intangible poético y de la imagen tiene un considerable alcance, útil para, ni más ni menos, explicar la historia de la humanidad en sus culturas. El esquema original de las eras imaginarias que ofrece en «A partir de la poesía» es el siguiente:

la-cantidad-hechizada

  1. Etapa filogeneratriz.

  2. Lo tanático: la isla de Re.

  3. Lo etrusco, lo órfico y lo troyano.

  4. Los reyes como metáforas: cesáreo, carolingio.

  5. Fundaciones chinas

  6. La extensión más cierta

  7. Las ideas cristianas de gracia, caridad y resurrección.

  8. El culto de la sangre: los druidas.

  9. Las piedras incaicas

Para Lezama Lima todo espacio vacío, todo intersticio, toda faceta desconocida ofrece un misterio, una cantidad hechizada llena de posibilidades que la imagen puede encarnar y revelar, o no. La imagen es el ente del no-ser, es la sustantivación de lo inexistente, expresión perceptible que petrifica y materializa en el poema y en el cuadro esa extensión del mundo intangible. En algunos textos de la segunda sección le da vueltas a lo que podríamos llamar el hechizo pintado, el misterio de la verdad poética en pintura, modo de confinar el enigma y se apoya en las «reflexiones plásticas» de Juan Clemente Zenea, Ramón Meza (tersitismo y claro enigma) y Arístides Fernández, René Portocarrero, etc. Cabe destacar que La cantidad hechizada incluye un cuaderno iconográfico en el que aparecen obras de estos artistas y otros citados por Lezama Lima a lo largo de los ensayos (El jardín de las delicias de El Bosco, La escuela de Atenas de Rafael, una fotografía del techo del templo de Ramsés II, un retrato de Confucio con birrete, la imagen del Yin/Yang, el tapiz La tienda de Aquiles de la Catedral de Zamora, Pilluelos de Juana Borrero Pierra, varios cuadros del insólito y memorable Arístides Fernández, etc.).

Las eras imaginarias presentan la dificultad que entraña hablar de la escritura de Lezama Lima, dificultad que, sin embargo, contrasta con el placer de su lectura, porque cada momento de Lezama Lima es un inagotable motivo de escritura, se hace el símbolo en que acontece la creación del arte. La dicotomía implícita en la palabra “eras”, extraño artefacto verbal en el que reposa, aparentemente, toda posibilidad de arranque, de inicio, de origen, anuncia el desarrollo de una apertura de futuro referida al ser, a la existencia. Una posibilidad ontológica que palpita en la palabra y se deja ver en su piel en cada respiración. De ahí, el exceso que contiene el otro texto de Lezama Lima, «La posibilidad infinita».

La cantidad hechizada concluye con el texto «Confluencias», que conduce, esta vez explícitamente, a Paradiso. Según los editores, sobre la base de lo dicho por Javier Fornieles Ten, en esta conferencia que es un ensayo (que, como todos los suyos, no se ciñe al tosco esqueleto de un argumento) el autor habla de «la aparición de espacios inasequibles», de las «primeras sensaciones infantiles que tendrían un gran impacto en la visión órfico-poética del adulto». No podemos sino dejar hablar a su hermana. Eloísa dice en su Prólogo a la novela: él habla de «nuestra infancia», «el vacío no está por venir, sólo cabe esperar su plenitud que viene. Vacío en que se hunde, en la lejanía, la ausencia del ser querido, de lo deseado. Distancia que llena la imagen que no se cierra. Visión órfica». Estos intersticios, de suavidad de pétalos, son el máximo perfume y color de las imágenes nocturnas de cuando entonces. En ello desemboca Lezama Lima, en su originarse juntos en casa, defiende Eloísa.

Amor, sufrimiento por captar, conceptuar una hoja de árbol seca y vibrante que el viento suave del campo arrastra sobre el suelo rocoso. Cerca hay también un mar helado, el gran hielo conceptual. Esta muerte que mantiene vivo es el decoro del hechizo, también pertenece al amor familiar, el que «le debe mucho a esas flaquezas, a esos instantes en que la persona amada se muestra tan desvalida que creemos que sin nosotros moriría, ¿no es así?» (con estas palabras de Jarkowski también traemos un poco más hacia nosotros a Lezama Lima). La búsqueda de la imagen comparte trechos de recorrido con el del amor. La búsqueda de la recuperación, de la salida de la postración por la palabra, seguir creyendo en ella cuando todo está perdido, cuando nada queda por salvar más que la salvación misma. Una lógica sucumbe ante otra lógica, que es la del hechizante, encantador que urde el verdadero engaño, la manera de fascinar a la noche con la imagen suya, y sin negar la oscuridad en que consiste. Una imagen que al fin es de Nada, es de sí misma, es el retrato de la hoja, del árbol arriba. Dice Cortázar: «¿Por qué no aceptar que los personajes de Paradiso hablen siempre desde la imagen, puesto que Lezama los proyecta a partir de un sistema poético que ha explicado en múltiples textos y que tiene su clave en la potencia de la imagen como secreción suprema del espíritu humano en busca de la realidad del mundo invisible?». También Eloísa dice que para su hermano al escribir «no existe la realidad ni la recreación, sólo hay imagen-creación». Surge inmediatamente la pregunta: ¿cuándo y dónde empieza y termina la escritura? Dice Eloísa que en la novelística de su hermano «está su infancia, su adolescencia, su primera juventud, nuestra unión defensiva, que fue un mundo fuera del tiempo y pasó con la rapidez con que siempre pasan esos años». «Vida placentaria, niñez y adolescencia». La ensayística de La cantidad hechizada le es revelada al autor por la poesía escrita antes; es, pues, la contracifra de Paradiso. Lezama quiere hacer visible lo invisible. «Fundamentó para ello su vida en la imagen», según su hermana. Tanto es así que si desapareciera la imagen, el mundo quedaría en tinieblas. Sirvámonos de las palabras que escribió Severo Sarduy con otro propósito: en el barroco la «sintaxis visual está organizada en función de relaciones inéditas».

El vacío, cantidad anulada, busca su rostro. Rebosante, la realidad escapa a la imagen. Nada se hace imagen. Lo que la imagen consigue replegar en su espacio valdrá pero de modo perentorio. Es engaño. Vale el hechizo, pero la fascinación se desvanece. Y es poca la cantidad que apresa. Hechizo, continente quebrantado, quebradizo, laberíntico. El hechizo es la flor que crece en la grieta del hormigón. Plausible pero frágil infinito, tormento de desaparición. Como el derribo de los pétalos en lo alto de un tallo, se desprende en el vacío carente de descripción. Vuelta a lo inexplicable, más irracional aún que la anterior oscuridad. Hechizo. Sometimiento pasajero, soberbia esclava, es en el texto “Confluencias” donde encontramos valiosísimas puntualizaciones sobre el hechizo en la literatura. La noche de la imagen. Momento total, insolidario. Oclusión de la mirada y la emergencia de las deformaciones imponentes del azar. Es la otra noche, la irresoluble. Parte de palabra, reticencia de desnudez, y precariedad del decir, el resto en secreto. Lezama Lima escribe para desvestir la noche infatigable, recurrente, imperecedera, maravillosa y empedernidamente cíclica hasta hoy. Dice: «Apoyaba la cabeza en un oleaje que llegaba hasta mí en un fruncimiento de una levedad inapresable». «De niño esperaba siempre la noche con innegable terror». «Cada palabra era para mí la fijeza» en que confluía lo inapresable del disperso recuerdo que se presentaba. «Encontraba así en cada palabra un germen brotado de la unión de lo estelar con lo entrañable», por ello el cósmico miedo a quedarse sin imágenes, el terror ante el espejo por si no nos refleja, por si la figura se borra y aparece la del demonio enseñando su lengua saburrosa. Lezama Lima constata en La cantidad hechizada que «somos los efímeros que contemplamos el movimiento como imagen de la eternidad». Y, en buena medida, el pensamiento de Lezama Lima está vigente, obviamente no sólo a modo de celebración del cincuenta aniversario de Paradiso.

Fuente: Revistavisperas.com