Domingo 13 de noviembre de 2016, 16:45h

Prólogo de Fernando Aramburu. Presentación de Fabián Rodríguez
Por Alfredo Crespo Alcázar

De cara a la construcción del relato verídico de lo que ha implicado ETA, la obra de Maite Pagazaurtundúa supone un referente capital desde la primera página. En el prólogo y en la presentación, Fernando Aramburu y Fabián Rodríguez nos acercan a determinados comportamientos que no deben olvidarse. Ambos escriben sin complejos, desoyendo los dictámenes de la corrección política, evitando así la peligrosa equidistancia.

Al respecto, Aramburu aúna pasado y presente: En el País Vasco no sólo se fraguó y alimentó el terrorismo de ETA, sino que este obtuvo un apoyo continuado en las instituciones y las calles, así como en el mundillo cultural (…) Pienso que la metáfora del fango ilustra un formidable fracaso colectivo de la sociedad vasca (…) el referido fracaso se prolonga en el silencio interesado, en la cínica pasada de página que postulan algunos hoy día con el cálculo político de minimizar lo ocurrido, denominando paz a una situación netamente desfavorable para aquellos que persisten en su condición de víctimas del terrorismo y no han recibido, por tanto, ni reparación ni justicia” (p. 19).

Maite Pagazaurtundúa es un ejemplo con mayúsculas de la rebelión cívica ante la intolerancia (traducida en asesinatos, amenazas, extorsiones…) de ETA, avalada por amplios sectores de la clase política y de la sociedad vasca. La indiferencia de ésta última dejó en el desamparo absoluto a las víctimas de la barbarie etarra, las cuales, debido a la manipulación del lenguaje, se convirtieron en victimarios.

Obviamente, una herencia de este calibre genera influencias en la actualidad. La autora lo advierte: el modelo del fin del terrorismo que busca el nacionalismo vasco es aquél que no incomode a las conciencias. Se trata de un modus operandi que impulsó Rodríguez Zapatero en 2006, cuando abusó de la palabra “paz” (hasta desnaturalizarla) si bien, como ya entonces advirtió Maite Pagazaurtundúa, lo único que favorecía era una supuesta reconciliación basada en la mentira (p.47). Además, se mostraba vaticinadora en 2006 cuando exponía que: “¿Alguien piensa que Otegui y los suyos van a renunciar a lo que denominan ‘conflicto de soberanía’?” (p.63).

Como se observa, la obra es un excelente repaso a la historia reciente del País Vasco. La autora ordena los artículos que escribió, a partir de 2003, para Basta Ya y para Vocento de manera cronológica, lo que facilita la lectura y permite extraer abundantes conclusiones. La principal de ellas, que ni ETA ni quienes la representan en las instituciones han alterado un ápice su meta.

En consecuencia, ello exige el análisis de las posturas y actitudes de otros actores encargados (teóricamente) de combatir a la banda terrorista y a su discurso liberticida. En ese sentido, sobresalen el Partido Socialista de Euskadi (traicionó la colaboración con el PP y asumió parte del vocabulario de la izquierda abertzale) y, sobre todo, el PNV: Para el nacionalismo sociológico, el final soñado, el utópico, sería llegar a un momento en el que no sólo desapareciese Eta, sino que se pudiese llegar a creer que no ha existido nunca (…) El nacionalismo desea eliminar de su subconsciente a ETA para no tener que preguntarse dónde estaba él mientras la gente moría a su lado” (págs. 123-124).

En efecto, supone un acierto por parte de la autora recordar que el PNV, en particular a partir del Pacto de Lizarra (1998), dividió voluntariamente a la sociedad vasca en dos comunidades (la nacionalista vs la no nacionalista), otorgando a la segunda un rol marginal. No se trató de una estrategia puntual sino de un proceder que integra el adn del “nacionalismo moderado”. Al respecto, Josu Ortuondo afirmaba en el Parlamento Europeo que “los violentos eran extremistas como consecuencia de la no aceptación de un ‘conflicto’ que viene de largo” (p. 107). Dicho con otras palabras: la responsabilidad siempre es del “otro” (la Constitución, España, el “Estado”, el PP, el PSOE…), una sobredosis de victimismo, característica también distintiva de la tradición e ideología peneuvista.

Fuente: elimparcial.es