Trilogía del fin de siglo - Gabriel Albiac © Confluencias Editorial 2021

Diamantes rotos

«La reedición de las tres novelas ‘noir’ de Gabriel Albiac bajo el título de ‘Trilogía del fin de siglo’ da pie al autor para resaltar la precisión de un escritor capaz de convertir cada frase en un destello de inteligencia».

 

Diamantes rotos

ÁLVARO J. VIDAL BOUZON
Otras voces. El Mundo, miércoles 3 de noviembre de 2021

A FONDO LITERATURA
La reedición de las tres novelas ‘noir’ de Gabriel Albiac bajo el título de ‘Trilogía del fin de siglo’ da pie al autor para resaltar la precisión de un escritor capaz de convertir cada frase en un destello de inteligencia.

DICE GEORGE SAUNDERS que, en escritura, todo se juega, antes de nada, al nivel de la frase: unidad mínima del campo de batalla en la que el sentido se decide. Y da, así, consistencia única al envite al que el sujeto que escribe se enfrenta: no hacer de la sintaxis sólo reflejo mediado del mundo, de cualquier mundo, sino cosa viva (aun si, como todo, ya moribunda) entre las vivas cosas del mundo. Mentira, sí. Pero mentira literaria.

Confluencias republica bellamente, bajo el nombre de Trilogía del fin de siglo, las novelas de Gabriel Albiac cuyo eje viene configurado por los avatares de un solo sujeto, poliédricamente conforma-do por diferentes voces y en tres momentos históricos bien determinados. Últimas voluntades (1998), Palacios de invierno (2003) y Blues de invierno (2015) son, sobre todo, el ascético reflejo discursivo de unos personajes que, ya di-rectamente ya vampirizando la más cálida mirada de un narrador que no acaba bien de ser otro, van fundiéndose sobre la pantalla de los, en mayor o menor medida, escombros en los que la siempre implacable Historia ha tornado sus precarias biografías.

«La trilogía es un elenco de almas rotas, fríos diamantes ajados, como todo, por el tiempo»

No es, sin embargo, o no sobre todo, el fin del siglo XX aquello de lo que hablan. Ni siquiera de la fortuna generacional de quienes, jóvenes militantes revolucionarios en el eco fulgurante de mayo (el Mayo-1968), han visto sus vidas zozobrar, tal vez aporéticamente, entre la certeza de cuán justo fue rebelarse y la angustia, que no arrepentimiento, de saber con qué horrores hubieron de transigir para así hacerlo. Por supuesto que las tramas, y las conciencias, que constituyen las tres novelas vienen condicionadas por la conmoción que la caída del imperio soviético produjo incluso en aquellos que, aún a sí mismos llamándose comunistas, habían laboriosamente construido la crítica más minuciosa de aquel universo concentracionario. Claro que, atendiendo a las condiciones españolas, Últimas voluntades apunta, mucho más que de paso, un desnudo y devastador retrato de la Guerra Civil, articulado también, como en mayor medida en Palacios de invierno, a las servidumbres que la mitologización de la contienda impuso no sólo en la lucha contra la dictadura en general sino en los más jóvenes militantes de la extrema izquierda de los años setenta en particular, incluyendo las enloquecidas derivas proletarizantes. Y que el conjunto de estrategias geopolíticas globales que acabaron por determinar el paso de la dictadura a esto de ahora (especialmente lo que anfibológicamente llamamos Transición) se ve reflejado con mayor exactitud en ciertas páginas de Últimas voluntades y, sobre todo, Blues de invierno que en bastante de la bibliografía hegemónica sobre el período. O que el todavía enigmático golpe del 11-M, en el marco político abierto tras el 11-S, encuentra, en la novela que cierra el ciclo, y a través de la ficción (esto es, del exceso) de una hipótesis monstruosa, la verdad de los íntimos vínculos que anudan los muy empobrecidos restos de los dos grandes sistemas ideológicos (de las dos últimas teologías políticas) que devastaron el siglo.

Todo ello está ahí. Todo ello es parte constituyente del escenario en el que se mueven los personajes. Y, en la mejor tradición del Chandler de diálogos cortados a cuchillo, pero también, y más sobrecogedoramente, del McCoy que, como Albiac en por lo menos dos ocasiones, acaba llevándonos de la mano y en primera persona al umbral mismo en que la muerte acaba por apagar la conciencia, todo ello es iluminado a través de aparentemente anecdóticos submundos del crimen (de psicótico delirio pasional y de venganza vigilante en Últimas voluntades, de atormentado suicidio y vulgar terrorismo nacionalista en Palacios de invierno, de alto terror de Estado en Blues de invierno). A todo ello llamamos noir y sobre sus más esenciales convenciones narrativas construye Albiac tres novelas de personajes que, como con frecuencia en los grandes clásicos del género, no son sino, en diferentes momentos de sus vidas, títeres desarrollando los movimientos y repitiendo las retóricas que otros (u Otro), en esferas más poderosas, han diseñado y les han asignado. Piezas de mecano, sí, pero inteligentes piezas, pues conscientes, al fin, de la condición de su papel, del carácter del escenario y de lo impostado de la lengua en que, en algún tiempo, aquellos que habían sido ellos fueron forjados. ¿Qué queda de la identidad de quien así se enfrenta a, y así se reconoce en, el imaginario de sus vidas? La respuesta de la trilogía es: nada. Fantasmas entre ruinas, sabedores de haber ineluctablemente sido engranajes menores en una ineluctable tragedia. Pero, con todo, inteligentes. No sé, por ello, si sería realmente riguroso llamarles supervivientes –incluso si sería riguroso llamar superviviente a esa parte de ellos que sabe de las íntimas imposiciones, cotidianas transigencias y, en algunos casos, corruptelas menores en que han derivado sus vidas.

Porque es eso, la inteligencia, lo que por igual, aunque en diferente medida, los pierde y los salva –el hilo que atraviesa y dota de unidad a las tres novelas. Mucho más de lo que lo hace la contextualización fin de siglo o, incluso, mucho más que la desolación última en que acaba lo que había sido deseo en las gentes de su misma edad, condición, experiencia y, lo que es con diferencia muchísimo más determinante, biblioteca, filmoteca y discoteca: después de su educación sentimental, fin de fiesta. Mas consciente fin de fiesta. Precisamente por ello, son, ahora, y después de todo, libres. Decir que también felices se me antojaría obsceno.

«Los personajes de Albiac son títeres repitiendo las retóricas que otros han diseñado y les han asignado»

DE ESO, en fin, es de lo que habla esta trilogía, y sus personajes principales. Y lo hace con la gramática misma de esa misma inteligencia, en cuya configuración son herramienta central y pieza clave la concepción cinematográfica y algunas de las voces femeninas: Elsa Kurtz y Lola Aizpir en Últimas voluntades; Lucía Moreno y, sobre todo, Paula en Palacios de invierno; Julia Arístegui, pero también (de otro modo y desde otro mundo) Yuki y Yanna, en Blues de invierno encarnan mucho mejor que sus más despistados compañeros varones la paradójica pasión de, y por, la razón que recorre el texto y enmarca los contextos. No otro es el frío de ese invierno, el que exige la recurrente tentativa de reescribir y actualizar La Reina de las Nieves que la trilogía asimismo es: abandonando, por así decir, la última orilla y soñando refugiarse en sus fortalezas de la soledad, bien estaría que no se haya dado la toma de Palacio si, después de todo, pudieran estos espíritus encerrarse en la consolación barroca que puntúa los títulos de la primera novela, cuyo Prólogo da, gongorina y elípticamente, desde el principio, la clave de toda la trilogía: ¿lo único que abra el mármol?

En las esquirlas de razón que guía su escritura, estas novelas son, sin embargo, y no en menor medida, también más cosas. Por ejemplo: Últimas voluntades es un retrato de la condición filial; Palacios de invierno, una etiología de la atracción y la sexualidad; y Blues de invierno, tal vez por encima de cualquier otra cosa, una apología de la amistad. Tres formas de lo que C. S. Lewis no vería mal denominar amor. Elenco de almas rotas, fríos diamantes ajados, como todo, por el tiempo. Pero, en el tibio refugio de su inteligencia, definitivamente no herrumbrosos.

Todo esto se da sólo en la precisión de la que Gabriel Albiac es maestro. Y que él talla, minuciosamente, primero en cada frase.

Álvaro J. Vidal Bouzon es profesor de Historia Política y Literatura Contemporánea de España y Portugal en la Universidad de Nottingham (Inglaterra).

 

ÁLVARO J. VIDAL BOUZON
Fuente: www.elmundo.es/opinion

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