Gabriel Albiac © EFE

Intelectual es para mí un insulto

Gabriel Albiac: "Intelectual es para mí un insulto"

El filósofo Gabriel Albiac, escritor, columnista, comentarista de radio y profesor emérito de la Complutense, de la que fue catedrático de Filosofía, cumplió 70 años durante el confinamiento y ha publicado una nueva edición de su «Diccionario de Adioses» (Confluencias), ampliada y revisada, con motivo de lo cual ha dicho a Efe: «Intelectual es para mí un insulto».

PREGUNTA.- ¿Está seguro de que conociendo el siglo XX no volveremos a repetirlo?
 
RESPUESTA.- No, de eso nadie puede estar seguro. Pero quizá habría que matizar un poquitín la pregunta. En la historia de los hombres nada se repite. Nunca. Todo es -Heráclito lo supo- irreversible. Para bien como para mal. Las constantes humanas -la básica pulsión de muerte, que es la más fuerte de ellas- se invisten, cada vez, bajo metáforas específicamente determinadas. Lo cual ni mejora ni empeora nada, salvo en esa eficiencia técnica que lleva a Freud a definir su siglo que empezaba, el XX, como el más mortífero de la historia. Simple perfeccionamiento de la eficiencia técnica. 
 
P.- Afirma que su mundo morirá antes que usted…
 
R.- Eso es lo duro. Que nuestro mundo muera con nosotros es lo normal y lo moralmente aceptable. Pero hay generaciones condenadas a sobrevivir a su mundo muerto. A convivir con un cadáver. Entonces el sentido desaparece. Y la vida no es más que un vértigo de angustia. El gran Francesco Guicciardini lo formulaba en el siglo XVI con una perfección pasmosa: todas las cosas se derrumban un día, también los hombres, también los ciudades, las naciones, los mundos; lo duro es estar debajo cuando caen.
 
P.- Una vez superado el siglo XX ¿quién lleva más razón, Jorge Manrique con su ‘cualquier tiempo pasado’ o Ferlosio, con su ‘vendrán más años malos…’?
 
R.- Todos los tiempos humanos son pésimos. Y, por ello, todos nos empecinamos en pensar que el nuestro ha sido el peor de los posibles. Es una ingenuidad. Para el animal que es mortal y lo sabe -nosotros sólo-, todo tiempo es el peor de los tiempos posibles. Porque es el de su muerte. 
 
P.- ¿Es posible que la judeofobia de los años treinta haya arraigado en la extrema izquierda?
 
R.- Es asombroso para quienes, como yo, venimos de aquella extrema izquierda de final de los sesenta en la que el antisemitismo aparecía como una monstruosidad odiosa. Pero el inconsciente humano no tiene cura ni es colonizable. Retorna siempre a sus coartadas más rentables: la invención de figuras demoníacas es la primera de ella; y, en ese territorio, el papel de lo judío está perseverantemente consagrado. Es amargo que el núcleo más duro de esa fobia se haya asentado precisamente en el área de la extrema izquierda; pero ya sucedió a finales del siglo XIX.
 
P.- ¿Por qué los intelectuales han sido tan comprensivos con el totalitarismo y tan críticos con la democracia?
 
R.- ¿Qué es un intelectual? Cada vez tiendo más a pensar que es el que no tiene capacidad para ser otra cosa. Fíjese en los firmantes de las «cartas de intelectuales» en España: el 80%, calculando a la baja, son gentes del espectáculo; lo más analfabeto de una sociedad. Puedo atisbar qué es un escritor, qué un científico, qué un erudito… «Intelectual» -esa forma vergonzante del diletante- es, para mí, un insulto.
 
P.- ¿Por qué el terrorismo aún no ha perdido su prestigio?
 
R.- Porque el término nació, hacia 1792, para dar razón de la forma del Estado en el momento mismo de la revolución. Hay que releer el artículo maravilloso en el que Condorcet explica, casi matemáticamente, hasta qué punto la expresión «Estado revolucionario» es un oxímoron, bajo el cual sencillamente se encubre el Terror; en los términos en los que Robespierre decía que no hay, en política, más que dos opciones: Corrupción o Terrorismo.
 
P.- Sostiene que cierta izquierda tiene «nostalgia de lo peor»…
 
R.- La nostalgia de lo peor acecha siempre a los hombres. El problema de la izquierda española es su profunda autocomplacencia. Mire, contra la dictadura franquista fuimos cuatro gatos los que afrontamos el riesgo de una resistencia clandestina que entrañaba riesgos muy altos. Quienes hoy enarbolan la retórica «izquierdista» son los que nada hicieron cuando hacer algo salía caro, los que tienen ahora que suplir con grandilocuencia su vacío. Es triste, pero normal. Dan un poco de asco, eso sí.
 
P.- Recuerda a Robespierre queriendo celebrar la desdicha ¿Tiene hoy epígonos?
 
R.- Todos. Todos son epígonos de esa «fête du malheur», forma laica del tópico sacrificial de matriz cristiana. Por eso, en esta nueva edición del ‘Diccionario’, el centro de gravedad es una voz nueva, que se me fue imponiendo en mis últimos quince años de trabajo sobre el siglo XVII: el libertinismo. Pienso ahora que Europa perdió su gran ocasión cuando los libertinos eruditos fueron aniquilados, primero en la Francia del primer tercio del XVII, luego en la derrota de aquella maravilla que fue el Ámsterdam de los hermanos De Witt. Ha sido la única ocasión de una modernidad gozosa. Lo sacrificial retornó. Hasta nosotros.
 
P.- ¿Por qué reúne en un mismo capítulo el nacionalismo, el fascismo y el populismo?
 
R.- Porque los tres son variedades sucesivas de una misma y brutal pulsión de identidad que, al prometer el paraíso, permite instalar cualquier infierno como legítimo precio de un absoluto al alcance de la mano, el maldito «asalto a los cielos», que ha producido más masacre que ningún otro proyecto. 
 
P.- ¿De qué hay que despedirse en tiempos de pandemia?
 
R.- Los de mi edad, de la vida que conocimos. Tal vez, de la vida a secas.
 
P.- ¿Qué es lo último a lo que ha dicho adiós?
 
R.- A la esperanza. Pero es ése un adiós bello. La esperanza nos hace siervos. Dice Spinoza que aún más siervos que el miedo. Tiene razón.
 
Alfredo Valenzuela
Sevilla, 14 ene (EFE)
EFE /av/ja
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