Rafael Maldonado

Literatura desde la atalaya-farmacia

«Los diarios del escritor y farmacéutico Rafael Maldonado, ‘De mis sombras, hijo’, conjugan la oscura visión del mundo del autor con el milagro de la vida»

El primer tomo del Diario de cabotaje de Rafael Maldonado, Una inmensa soledad (2014-2015) (Anantes), se publicó en pleno confinamiento. Ahora sale el segundo, De mis sombras, hijo (Confluencias), que comprende 2016-2017.

El título está tomado de un poema de Luis Rosales que termina así (y da una de las claves de la obra): «Desde que tus pasos / me abren el camino, / casi estoy viviendo / desanochecido; / para hacerme vida, / para hacerme sitio, / todo se está haciendo / de nuevo contigo, / hijo de mi carne, / de mis sombras, hijo». El misterio inaugural de la paternidad, con el reconocimiento de la genealogía de padres, abuelos y bisabuelos, recorre estas páginas que conjugan la visión del mundo del autor, más bien oscura, pesimista, fatal, con el milagro del ser al que ha dado vida. Ante el nacimiento de este, lo de antes parece «un entrenamiento, un boceto, una existencia hecha a vuela pluma por un dios guasón y perezoso». Le escribe al hijo: «Para mí el mundo tiene tu edad». Pero también: «Ser padre es tener miedo».

Al estar este diario dirigido al hijo, muchos de sus pasajes recuerdan en el tono (lo dice el propio autor) a las cartas a Lucilio de Séneca. Su día a día se resuelve en enseñanzas sobre el oficio de vivir; enseñanzas no dogmáticas, sino abiertas, sin moraleja: la enseñanza a veces consiste en la descripción, la contemplación o la simple experiencia, con proyección literaria. El padre da cuenta de su vida con el hijo como destinatario, para que idealmente lea el libro en el futuro y sepa de dónde viene y también lo que le espera. Y que le acompañe.

Es interesante cómo Maldonado, cuya vocación es la de novelista (y cuentista) devoto del grand style que promoviera su admirado Juan Benet, utiliza recursos específicos en sus diarios, como si el género desnudo le supiera a poco y tuviera que arroparlo con dispositivos narrativos. Una inmensa soledad estaba escrito en tercera persona (el autor alcanzaba así hechuras de personaje) y De mis sombras, hijo en segunda (cuando se dirige al hijo) y en primera (cuando habla de sí); repertorio que me evoca el título de Jaime Gil de Biedma Las personas del verbo. El buen hacer literario del autor impide que este juego ahogue una característica esencial de todo diario: la transmisión de la intimidad. En efecto, el texto logra tener empaque estilístico al tiempo que la vida del autor late en él; la vida presente y también la pasada, ya que, junto con la consignación de la cotidianidad, hay momentos casi proustianas de reconstrucción biográfica y familiar.

Paternidad (y filiación) al margen, un doble eje articula De mis sombras, hijo: el del trabajo en la farmacia del autor (en Coín, un pueblo de la provincia de Málaga al que acude desde la Fuengirola en la que vive) y el de su pasión literaria. Su profesión de farmacéutico le brinda estabilidad económica, gracias a la cual no tiene que malbaratarse como escritor, y a la vez lo coloca en su «atalaya-farmacia, desde donde se otean mejor que en ningún sitio el dolor, la enfermedad y la muerte». Este asiduo «contacto con el alma humana» revierte en su literatura. La «cercanía al dolor humano» que le proporciona la farmacia, escribe Maldonado, «me hará, andando el tiempo, mejor escritor que si mi formación y quehacer fuese humanístico».

Pero la vida de De mis sombras, hijo es completa, y por lo tanto también luminosa. Maldonado celebra una frase de Montaigne: «Todo lo hago con alegría». Y la buena literatura, contenga lo que contenga, siempre contiene el placer de la literatura.

Fuente: theobjective.com

Foto 14 Templo de Lindos

Un buen día para viajar

Hotel Roma - Fernando Lillo

Entrevista a Fernando Lillo,  12 junio de 2022
Domingo 12 de junio y el viaje prosigue con fuerza en Rpa, donde rompe el hielo Rafa Teston de La Buena Letra en Gijón que nos trae dos recomendaciones de libros viajeros, uno nos lleva hacia el Nuevo Mundo y el otro hacia Oriente, nos deleita luego Alberto Campa con un magnífico viaje por tierras noruegas, Oslo, Bergen, fiordos, magníficos paisajes y gastronomía muy sabrosa, visitamos luego el yacimiento arqueológico de Lancia en las cercanías de León, nos lo cuenta la persona que ha estado al frente de las excavaciones, Jesús Celis. Llega Grandes Viajeros de la Historia con mucha fuerza porque traemos a los Vikingos a nuestro programa, que fueron grandes Viajeros y una invitada especial nos lo cuenta, la historiadora Irene García Losquiño, es protagonista a continuación la moto, y Sonia Barbosa nuestra motera particular nos mueve en espectacular ruta por zona oriental asturiana, y cerramos conociendo como veraneaban los romanos clásicos, y veréis que hay cosas que no cambian. Pedazo de viaje radiofónico en Rpa.

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Fuente: Radiotelevisión del Principado de Asturias
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El tercer Auschwitz

El Tercer Auschwitz

Raúl Fernández Vítores,  abril de 2022

Casi al final de la II Guerra Mundial, el Tercer Reich logró una siniestra síntesis entre trabajo y muerte en el campo en el que la I.G. Farben instaló una gran fábrica.

Describir estrictamente el mundo, sin atisbo alguno de sentimentalismo, es la labor del filósofo. Y esto es lo que hace Alberto Mira Almodóvar en este libro singular que se atreve a mirar de frente al último Auschwitz, el tercero, y analiza la siniestra síntesis entre trabajo y muerte lograda allí, en Monowitz, un rincón bastante conocido del Holocausto, gracias a los testimonios facilitados por algunos de los supervivientes, entre los que destaca la espléndida escritura de Primo Levi, cuya voz resuena a lo largo de todo el relato. Pero un rincón, a la vez, muy poco analizado, debido a la frustración que como proyecto le impuso el fin de la guerra. Sin concesiones, el texto nos traslada a un lugar de la Alta Silesia, rica en carbón, donde no hace mucho tiempo, y no muy lejos, el ser humano fue industrialmente aniquilado. El exterminio se dice de muchas maneras. Exterminio masivo de población civil provocaron las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, e incluso el bombardeo de Dresde. Pero estos actos bárbaros de guerra no forman parte del Holocausto. El Holocausto es el producto de la tanatopolítica europea practicada durante la II Guerra Mundial hasta la capitulación alemana, es decir, es también el resultado de una acción estatal que produce muertos humanos en masa, pero es una acción ad intra del propio Estado. Una autofagia. Y es el carácter endógeno e interior de la aniquilación de seres humanos respecto al Estado que la lleva a cabo, su carácter intrínsecamente político y administrativo, lo que mejor permite distinguir el Holocausto de otros exterminios masivos, y la Shoá, en particular, del tradicional pogromo. Para llevar a cabo el Holocausto, los alemanes inventaron los campos de puro exterminio –destinados exclusivamente a la matanza en masa– y los mixtos, que fueron campos de concentración (de represión y castigo mediante trabajos forzosos) a los que se añadieron cámaras de gas para matar personas. Auschwitz fue el más grande de este tipo, un complejo internacional que supo conjugar el trabajo forzoso rentable con el exterminio masivo. Hubo un primer Auschwitz, que fue un mero campo de concentración, como Buchenwald o Mauthausen, un campo de detenidos represaliados sometidos a trabajos forzosos. Hubo un segundo Auschwitz que se sumó al primero, Auschwitz-Birkenau, que fue un campo de exterminio con una gran población reclusa condenada también al trabajo esclavo. Y hubo el tercero, Auschwitz-Monowitz, un campo de trabajo forzoso construido en las cercanías de una de las fábricas de la mayor industria petroquímica del mundo en aquel momento, la I.G. Farben, que es precisamente el campo en el que se centra este estudio, que lo considera «como la materialización más significativa de eliminacionismo rentable mediante trabajos forzados que se llevó a cabo durante el Tercer Reich». Trabajo y muerte. ¿Por qué es importante el estudio del tercer Auschwitz? Sobre todo, porque es el tercero. Debemos subrayar el ordinal. Comienza a funcionar como campo de trabajo de la I.G. Farben una vez que Birkenau estaba perfeccionando su labor exterminadora mediante la construcción de sus famosas cuatro cámaras de gas con sus correspondientes hornos crematorios. «Lo que se revela en Monowitz, no obstante», matiza Mira Almodóvar, «no es un hecho histórico aislado de la práctica nazi, sino un elemento arquetípico sostén de una estructura utilitarista en continua adaptación». En Birkenau había trabajo forzoso por un lado y, al mismo tiempo, extinción de seres humanos. Ambos procesos empezaron a funcionar en paralelo desde muy temprano. Y llegaron a un perfecto equilibrio. Es la lógica de los campos mixtos. Pero lo que se produce en Monowitz es la síntesis siniestra de trabajo y muerte. Y esto representa otra novedad. En el tercer Auschwitz el propio proceso de trabajo productivo comienza a ser percibido y tratado como una herramienta más al servicio de destrucción del mismo trabajador. El autor describe el Campo IV de la Buna-Monowitz, y repara en los procesos de selección (para la muerte) llevados a cabo en el hospital del recinto y a veces también en los barracones de los prisioneros. «Atendiendo al número de presos del Kommando Buna junto con los que pasaron por el Campo IV hasta su evacuación (más de 20.000 en total) y al de los que perdieron la vida (más de 10.000), que son las cantidades más cautelosas presentadas por Piotr Setkiewicz», reza la nota 144 del libro, «la conclusión es significativa: la totalidad de los prisioneros que perecieron como consecuencia de sus labores en la construcción de la Buna-Monowitz entre abril/1941 y enero/1945 fueron reemplazados por otros presos». Utiliza Mira Almodóvar las estadísticas facilitadas por el investigador polaco. Y concluye: «Los trabajadores forzados que empleó la I.G. Farben en Monowitz eran elementos integrantes del conjunto destinado a la aniquilación por el trabajo, pues ya habían sido clasificados y valorados por la administración nazi como residuos sociales desechables a los que sólo restaba acomodarlos a su determinado destino: ser exprimidos en su potencial utilidad hasta la consunción. Y como tal fueron usados». Esto es lo que convierte a Monowitz, el tercer Auschwitz, un campo en el que se fundió en un mismo proceso el trabajo y la aniquilación, en algo singular e inquietante para nosotros. Y es lo que la prosa clásica, serena y larga de Alberto Mira Almodóvar analiza con un envidiable rigor spinoziano.

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Raúl Fernández Vítores Fuente: Revista La Lectura del diario El Mundo.
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El tercer Auschwitz

El Tercer Auschwitz

Fernando Palmero, 27 de mayo de 2022

NO ES el de Alberto Mira Almodóvar un libro más sobre Auschwitz. Entre otras cosas, porque fija su mirada en un espacio que escapa a los millones de visitas más o menos fugaces que han convertido el campo de exterminio nazi en la principal atracción turística de Polonia. Tras pagar su entrada, los visitantes son conducidos por los guías a través de los bloques que conforman el llamado Auschwitz-I, concebido como un campo de concentración para reclusos polacos y judíos. El devenir de la guerra –porque nada fue diseñado de antemano– llevó al Estado alemán a construir una ampliación a unos dos kilómetros en la pequeña localidad de Birkenau para alojar a los casi dos millones de prisioneros soviéticos capturados por la Wehrmacht en su avance hacia Moscú en el verano de 1941. Si bien los primeros ensayos con Zyklon-B se iniciaron en el pabellón 11 del primer complejo, fue ahí, en Auschwitz-II, donde se llevó a cabo la aniquilación de más de un millón de judíos en sus cuatro grandes cámaras de gas, que incluían eficaces hornos crematorios. A unos siete kilómetros se encontraba Monowitz (así se titula el libro de Mira Almodóvar que acaba de editar Confluencias), un campo destinado a detenidos (especialmente judíos) a los que se había convertido en esclavos de la mayor industria petroquímica del mundo en aquel momento, la alemana IG Farben. Pero de Auschwitz-III nada se le dice al turista. Porque no hay allí museo alguno que visitar. Y sin embargo, sin él no puede entenderse la perfección de la gran maquinaria de destrucción humana inventada por el régimen nacional y socialista alemán: concentración-trabajo-muerte. Un ciclo que reportó al Reich importantes réditos económicos. Ya que el Holocausto no tuvo sólo motivaciones étnicas e ideológicas. Y son esas razones económicas –además de las que apelan a la condición humana– las que hacen que la Shoá no sea un hecho histórico sin relación con el presente. No hay que olvidar que el exterminio de los judíos europeos lo perpetró un Estado que había alcanzado, gracias a sus políticas del bienestar, un avanzado nivel de desarrollo social y económico. Y que para abordar su propia crisis encontró en la producción de cadáveres una solución rentable. La IG Farben pagaba al Estado alemán por cada trabajador mucho menos de lo que el mercado exigía. Cuando este no podía mantenerse en pie, era enviado a las cámaras de gas. Y con su extinción se deshacía el Estado de aquellas personas a las que consideraba costosos residuos. Una eficaz rentabilidad socialista.

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Fernando Palmero Fuente: diario El Mundo.

Bodega-jerezana-EFE-archivo

Literatura vino

El jerez, la cultura inabarcable de un vino con historia

Alfredo Valenzuela, 10 de marzo de 2022
«Lo de Cleopatra bañándose en leche de burra se queda en poca cosa en Jerez», escribe José Vicente Quirante Rives el empezar un capítulo de «Un viaje sentimental al jerez», que quizás sea un libro sentimental y viajero pero sin dejar de ser una historia -y una geografía- cultural, literaria, familiar, poética y casi mística de esos vinos. La evocación de Cleopatra no es gratuita ni la comparación con Jerez exagerada porque Quirante Rives, a renglón seguido, recuerda el diálogo de los amantes en «La bodega entrañable» de los hermanos Cuevas: «-Acabo de bañarme en vino. Un oloroso de 1862 -dijo ella- ¿Te gusto así? -Con locura. Me gustaría beberte toda y muy despacio.» Si con ese diálogo arranca el capítulo titulado «Beber despacio», el capítulo siguiente, bajo el epígrafe «Y beber para ser dioses», concluye de este modo: «Sí, hay un uso virtuoso del vino para asimilarse a los dioses y así alejarse de la guerra sin cuartel que se libra dentro de cada hombre». Quirante Rives (Cox, Alicante, 1971), ha dirigido el Instituto Cervantes en Nápoles y ha fundado la editorial Parténope y en «Un viaje sentimental al jerez» (Confluencias) recuerda que el botánico Esteban Boutelou consignó en 1807 que aún ofreciéndoles 15.000 reales por una bota de vino añejo de las bodegas de la Cartuja de Jerez, los cartujos se negaron a venderla. Al área determinada por el Atlántico y los ríos Guadalquivir y Gudalete, donde se produce el jerez, superpone Quirante Rives el triángulo gaditano de Jerez de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y el Puerto de Santa María, que aparece en estas páginas «como una sombra de la ciudad vinatera que fue», pero donde el autor encuentra a algunos de los sabios, eruditos y «últimos mohicanos» de la historia del jerez. Ese triángulo incluye «la bodega completa más antigua del mundo», una bodega fenicia del siglo III antes de Cristo «de dos mil metros cuadrados de extensión, con sus lagares, almacenes, horno y santuario, ubicada en la Sierra de San Cristóbal, que pertenece al castillo de Doña Blanca en El Puerto de Santa María». Tal vez esa larguísima historia en tan breve geografía sea la razón de que por las páginas de Quirante Rives asomen, además de Zurbarán y Goya, San Juan de la Cruz, César González Ruano y Manuel Chaves Nogales entre otros poetas y escritores aparentemente ajenos a ese mundo como James Joyce, Valery Larbaud, Xavier de Maistre y Robert Walser, además de cineastas como Orson Welles, quien no sólo rodó en estos parajes alguna escena de su inacabado «Quijote» sino que cumplió con la labor alimenticia de dirigir algún anuncio de vinos. Aunque «el colmo de la literatura enológica» lo encontró el autor en el consejo que dieron tanto Beltrán Domecq como Manuel María González Gordón: «Beban mientras leen», un consejo que el autor contrapone al «aburrimiento» de las explicaciones técnicas sobre el vino. Quirante Rives no sólo escribe un capítulo sobre la «magia» de la crianza del jerez sino que dedica uno al «milagro» de su persistencia, ya que «ha soportado plagas tan terribles como la filoxera, la extinción de mercados tradicionales de venta, la disminución de la superficie de viñedo, las directivas europeas, el cambio en los hábitos de consumo» y hasta el rebujito (mezcla de vino y gaseosa con hielo) «que se perpetra en las ferias andaluzas». Tantas adversidades le hacen exclamar: «Que todavía podamos bebernos una copa de buen jerez es la mejor prueba no solo de la existencia de Dios sino de su infinita misericordia». «El Mediterráneo es la primera zona bioclimática de la geografía del vino, pero quien lo recorra hoy advertirá que el vino se ha vuelto marginal, y cuando se pide suele ser de ínfima calidad», lamenta el autor para atribuir la salvaguarda de esta milenaria cultura a esa «minoría de bebedores indómitos que apuesta por la grandeza del jerez a pesar de todo, como los amanuenses medievales conservaron el saber antiguo durante los tiempos oscuros». Ver libro Ver video
Alfredo ValenzuelaFuente: efe.com
Un viaje sentimental al jerez © Confluencias Editorial 2021

No hay que esperar una ocasión…

«no hay que esperar una ocasión, porque basta con abrir la botella para que comparezca la ocasión»

Santos Dominguez, 20 de enero de 2022

Con ese memorable monólogo de Falstaff en la segunda parte del Enrique IV de Shakespeare, que invocaban Harold Bloom y Anthony Burgess mientras bebían coñac Fundador en las madrugadas neoyorquinas, arrancan las primeras páginas de Un viaje sentimental al jerez, el estupendo libro que José Vicente Quirante Rives publica en la editorial Confluencias en torno a la denominación de origen más antigua de España.

Desde Fernando Quiñones y Caballero Bonald no se han escrito unas páginas tan admirables como estas sobre los vinos de Jerez, Sanlúcar, Chiclana y el Puerto de Santa María, que completan este viaje sentimental que homenajea a Laurence Sterne, “ese viajero sensible” con el que “aprendimos que se trata de observar las propias emociones para conocernos mejor, y no de anotar los monumentos que encontramos por el camino.”

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Santos Dominguez
Fuente: santosdominguez.blogspot.com